lunes, 17 de diciembre de 2012

Keethan, Capítulo 2


Capítulo 2
Nuevos aires, nuevas posibilidades.

Por la ventana del avión ya se veían las luces de la ciudad, eran pasadas las una de la mañana y el viaje no había sido largo. Su padre había sido transferido desde Irlanda a una sede en Londres y mañana sería su primer día de clases en esta nueva ciudad. Por el alta voz se escuchó un voz femenina solicitando a los pasajeros abrochar sus cinturones de seguridad, cerrar las mesas y apagar todo aparato electrónico ya que se llevaría a cabo el aterrizaje. Su padre ya había viajado hace un par de semanas para hacer los trámites de matrícula y arreglar la saca en general. Su madre tomó su mano y la acarició suavemente con su pulgar. “Londres no será muy distinto a Dublín, Keene” –le dijo con una tímida sonrisa en sus labios, ya que sabía que sí era muy distinto, sobretodo para su hijo. “No te preocupes, mamá. No estoy nervioso” –le respondió Keene mirándola a los ojos.

Después de quince minutos ya estaban bajando del avión y fue en este momento cuando este irlandés cayó en cuenta que se encontraba a muchos kilómetros de su hogar y que en unas cuantas horas iba a ser el “chico nuevo” en el colegio. Cuando llegó a su nuevo hogar, su padre lo recibió con los brazos abiertos, eran una familia muy apegada y se habían extrañado un montón.  Subió a su cuarto, que quedaba en el segundo piso y vio que estaba la mayoría de sus pertenencias, sólo faltaba un par de cosas, pero nada de importancia. Se tiró en la cama a descansar, en unas cuantas horas entraba a clases y se durmió apenas tocó las sábanas.

Casillero tras casillero fueron pasando, en un lugar familiar para Keene, quien sólo corría en busca de ayuda algo había pasado y nadie acudía a ayudarlo. Corrió y siguió corriendo. Si tan solo alguien se acercara, ya que algo importante había ocurrido… algo que parecía borroso. Los casilleros seguían pasando a su lado y su respiración se volvía agitada al mismo tiempo que comenzaba a sudar. ¡Por favor, ayúdenme! –seguía pidiendo a gritos, pero nadie parecía escuchar su súplica, hasta que unos familiares ojos azules se posaron en los suyos y una voz que conocía muy bien, pero que no escuchaba hacía mucho tiempo le dijo “Ya es Tarde…” en un amargo tono.

Despertó con la respiración agitada y bañado en sudor, sus cortos rizos se pegaron a su frente, al mismo tiempo que su lengua rogaba por un poco de agua. Abrió sus ojos, los cuales estaban inyectados en sangre y bañados en lágrimas, las que secó rápidamente porque se prometió no volver a llorar. Miró el reloj y de hecho sí se le hacía tarde, por lo que se metió rápidamente a la ducha y se vistió en pocos segundos, apenas tocó el desayuno, se despidió de sus padres y salió en su auto. Por suerte su padre había cargado los datos en el GPS y llegó con facilidad al colegio, respiró profundo al entrar al estacionamiento y estacionó su Jeep negro en el primer espacio que encontró.

Tuvo que llegar más temprano que el resto, ya que debía recoger su horario en secretaría y buscar bien las salas de clase. Se dirigió al lugar y encontró a una mujer con rasgos dulces, de pelo cano y ojos marrones que se veían enormes por el aumento de los lentes. “Tú debes ser Keene Ó Conaill, el alumno de Irlanda” –dijo la anciana al ver al chico nuevo y con una gran sonrisa le pasó los papeles con el horario, el calendario de exámenes y otros documentos relevantes. “Muchas gracias, Señora…” –no alcanzó a terminar la oración cuando la mujer habló– “Briggs… Georgette Briggs, cualquier duda que tengas me puedes consultar” –agregó con una sonrisa, que hizo a Keene sentir un tanto incómodo, pero siempre cortés y encantador le devolvió una sonrisa. Se despidió de la Señora Briggs y se encaminó al casillero que le habían designado.

Abrió el casillero y comenzó a guardar sus libros, cuadernos y apuntes. Colocó unas fotos de su familia cuando estaban en Irlanda, otra de él y un chico de cabello castaño, tez blanca y ojos azules; y finalmente un mini calendario donde tenía anotadas algunas fechas importantes. Respiró profundo, revisando el horario y sacó las cosas de biología. Cerró el locker, sin mucho cuidado y un estruendo seco de libros cayendo se sintió a su lado. Guardó los libros y cuadernos rápidamente, para luego agacharse a recoger los libros que se le habían caído a su vecino de casillero, pero se paralizó al encontrar unos asustados ojos azules mirándolo fijamente. Se quedó así por unos eternos tres segundos antes de reaccionar y recoger los dos libros que quedaban en el suelo y pasárselos en las manos al chico de ojos azules que aún lo miraban con miedo. “No deberías ser tan torpe” –le dijo Keene, tratando de sonar normal y con una tímida sonrisa que de a poco se volvió algo burlona y pícara.

“Y tú deberías ser un poco menos idiota” –contestó el chico de ojos azules, ruborizado por el enojo y la vergüenza que sentía con el otro chico, que le había dicho torpe sin siquiera conocerlo. Se levantó rápidamente y emprendió su camino a clases. Keene en parte se sintió mal, pero aquello fue lo único que atinó a decir.

Se demoró un poco en llegar al aula, ya que había caminado hacia el laboratorio sin darse cuenta que las clases teóricas se impartían en un aula al otro lado del colegio. Al entrar se disculpó con el profesor Smith, un esbelto hombre que no parecía tener más de unos treinta años y buscó con la mirada un puesto, quedando sin aire cuando notó que el único puesto disponible se encontraba al lado de un familiar chico de ojos azules… sí era el chico que había conocido en los casilleros. “Bueno alumnos, él es Keene Ó Conaill…” –comenzó a decir el profesor, levantándose de su lugar y dirigiéndose al curso– “Llegó anoche de Irlanda y espero que sean buenos con él”. Una que otra risa se escuchó en el ambiente, pero Keene no le dio mucha importancia. “Toma asiento al lado de Ethan, por favor y rápido para comenzar con mi clase” –terminó de decir el docente señalando del pupitre vacío mientras se armaba un jaleo por unos cuantos chicos silbaban y aullaban, pero que el profesor calmó rápidamente.

Keene se sentó dónde le fue indicado, mirando al chico que se ruborizaba a su lado. En el pupitre del chico de los ojos azules estaba la palabra “Maricón” escrita con marcador permanente y pudo notar la tristeza en aquellos ojos de color cielo, que se volvían grises y apagados cada segundo que pasaba. “Lo siento por lo de los casilleros” –susurró el irlandés, con genuina intención– “No fue una buena manera de comenzar”. Algo había en aquel chico que hacía que el chico de ojos avellana sintiera empatía e intenciones de protegerlo. “No tienes que disculparte… sólo déjame tranquilo” –susurró el ojiazul, con la mirada vacía, como si le hubieran succionado el alma.

No volvieron a hablar en toda la hora de clases, pero el irlandés no podía evitar posar sus dorados ojos en el pálido chico de ojos azules. Se preguntaba una y otra vez el motivo de su tristeza. La campana sonó repentinamente, dando término a la clase. Muchos alumnos salieron rápidamente, entre ellos Keene, pero Ethan se quedó esperando que todo se desocupara y que los abusadores se fueran. Esto ya era rutina, todos los días terminaba saliendo por lo menos veinte minutos después de terminado el receso, llegando tarde a sus otras clases. No tuvo más clases con el chico extranjero ese día.
Ya eran las seis de la tarde y el chico de los ojos azules no había vuelto a cruzarse con Keene, era extraño para éste último sentir aquello por una persona que no fuera él mismo. Pero bueno, se quedó recorriendo la escuela un rato, mirando su horario y buscando las aulas en las que tendría clases al día siguiente, notando que no tendría clases con Ethan hasta el jueves y estaban recién a lunes.

Salió al estacionamiento con toda calma, pensando en los cursos extra programáticos que tomaría. Estaba entre violín, piano y expresión corporal, ya que había decidido que el electivo de deportes que tomaría sería Rugby. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que por poco no notó en una silueta sentada en el suelo, con la cabeza oculta sobre las rodillas y sobre un charco de agua. La figura estaba temblando y el sonido de dientes chocando por frío era audible desde la posición del irlandés. Keene tocó levemente el hombro de aquella silueta, la que reaccionó casi dando un salto y clavando unos familiares ojos azules en los dorados del chico de intercambio. “¿Estás bien?” –preguntó Keene, queriendo golpearse por aquella pregunta tan estúpida que había hecho. Estaba claro que Ethan no estaba bien, sus ojos estaban rojos y su ropa estilaba, aparte del frío que hacía ya en Londres.

“¿Te parece que estoy bien?” –preguntó Ethan, a la defensiva. Su voz sonaba rota, se notaba que había estado llorando. Tenía frío y se sentía humillado, tendría que esconder nuevos moretones y no sabía que le iba a decir a u padre por llegar en esas condiciones a casa.
Keene frunció el ceño y tendió su mano para ayudar a Ethan a levantarse. “Ven conmigo” –le dijo tomando una de las pálidas manos del chico de ojos azules, levantándolo casi a la fuerza, cosa a la que Ethan tomó a mal, soltándose. Pero Keene no iba a aceptar un “no” por respuesta, así que se alejó de él, sólo para ir a buscar su automóvil y acercarlo donde se encontraba Ethan.

“Vamos, sube” –le dijo, casi como una orden– “Te llevaré a casa, ya es tarde y no me perdonaría que te pasara algo”. El otro chico se levantó de mala gana y le dijo que estaba todo mojado, que mojaría el asiento del auto, pero Keene sólo prendió la calefacción y puso una bolsa de plástico que encontró en el asiento trasero. “Ya, ahora puedes” –le dijo, dejándolo entrar. Ethan escurría agua aún y sus labios comenzaban a ponerse morados por el frío de la tarde del otoño en Inglaterra. “¿Qué te pasó, Ethan?” –le preguntó, realmente preocupado y llamándolo por primera vez por su nombre. ¿Qué le estaba pasando a Keene? Por lo general no era así con nadie, por lo general era frío e indiferente, por lo decir egocéntrico y egoísta. El otro chico sólo colocó sus pálidas manos cerca de la calefacción, ruborizado y con una nueva lágrima recorriendo su mejilla. “¿Qué mierda pasó que estás así de empapado? Porque tus lágrimas dicen que esto no ocurrió por casualidad” –le dijo frunciendo un poco el ceño, antes de quitarse su chaqueta y pasándola por los hombros del otro chico, para darle más calor.

Ethan sólo se estremeció y agradeció el gesto de Keene. Pero no soportó más y se echó a llorar. La situación ya lo estaba sobrepasando, ya era demasiado lo que tenía que soportar. “¿Por qué yo?” –Se preguntaba una y otra vez, sin encontrar respuesta a su incógnita.
Keene se acercó un poco y secó sus lágrimas con la yema de su pulgar. “No vale la pena llorar por lo que ya pasó, pero si me quieres contar, te escucho… aunque bueno, recién me conociste hoy” –agregó desviando la mirada, ya que no solía ser así, se sintió débil.

Ethan lo miró, ruborizado como nunca, ya que nadie lo había tratado así, aparte de su padre… y su madre que había muerto hace un par de años atrás por un cáncer terminal. Algo en las palabras de Keene hizo surgir una leve sonrisa rota en los purpúreos labios del chico de los ojos azules. Cerró los ojos dejando salir unas nuevas lágrimas y comenzó a contarle lo que había pasado luego que se había separado de él horas antes.

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Teaser: Bueno, sobra decir que en el próximo capítulo sabremos qué ocurrió con Ethan, dentro de otras cosas.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Keethan, Capítulo 1


Capítulo 1
Recuerdos

La alarma del despertador sonó a las seis de la mañana en punto e Ethan se levantó de mala gana. ¡Arriba, Ethan! –gritó su padre desde el primer piso, a lo que Ethan respondió con un fuerte “ya voy”. Caminó hacia el baño de su habitación, cerró la puerta y abrió el agua de la ducha. Se quitó la polera del pijama y analizó el reflejo que el espejo le devolvía. Sus ojos se veían más azules que nunca, y el que estuvieran inyectados en sangre a causa de una noche de pesadillas hacían que el color de sus ojos resaltaran aún más. Observó su torso, las costillas estaban demasiado marcadas, pero esa grasa de bebé seguía conservándose en su abdomen. Sus brazos estaban dibujados con líneas rojas y café de distinto grosor. Maldita manía que había adquirido el año anterior, con tan sólo catorce años, al asumir su homosexualidad; cosa que su padre no sabía, ni iba a saber. Su supuesto mejor amigo de la infancia, Mark, fue el primero en saber, pero apenas supo se alejó de él, dándole un empujón y gritándole: “Aléjate de mí, maricón de mierda!”. Al finalizar el día, todo el colegio lo sabía y su poca vida social se había vuelto nula. Al día siguiente comenzaron los abusos, primero los verbales, de parte de los jugadores de Rugby y al pasar los días todo se fue volviendo peor, con empujones y zancadillas. Al mes de haber sido expuesto ocurrió el evento que gatilló todo.
Su casillero había sido forzado y todos sus cuadernos, libros y pertenencias tenían escrita la palabra “MARICÓN”. Se prometió no mostrarse débil, trató de cerrar el casillero con fingida calma, pero al encontrar la misma palabra escrita en la puerta de éste, la situación se volvió casi incontenible y lo dejó abierto, ya que la puerta fue deformada al haber sido forzada. Corrió hacia el baño con la vista nublada a causa de las lágrimas que amenazaban con salir, evitó parpadear, ya que si lo hacía, éstas rodarían libre mente por sus mejillas y se encerró en un cubículo a llorar. Perdió las clases de la mañana. Al haberse desahogado, salió del cubículo cuando escuchó que un había nadie y miró la hora, eran pocos minutos pasados las once y media, los demás estaban en clases.

El espejo le devolvió una mirada rota, sus ojos estaban hinchados y las mejillas rojas por la sal de las lágrimas. La clase de biología se le hizo eterna, por suerte era la última del día y como salió temprano se fue a su casa a la hora de almuerzo. Entre las cosas de su padre encontró una hoja de afeitar, hacía poco había visto una película en la que la protagonista se hacía cortes en sus muñecas para aliviar el dolor psicológico, cambiándolo por uno físico. Se encerró en el baño de su habitación y luego de media hora de estar meditando lo que iba a hacer, adquirió el valor y terminó deslizando la hoja por la blanca piel de su muñeca. El efecto de la laceración dio resultado, se sintió liberado, todos los problemas se iban junto con su sangre que contrastaba notablemente con la palidez de su piel.

Así fue como empezó con su autodestrucción. Pero el problema fue que nadie le dijo que al pasar el tiempo, el cuerpo se iba haciendo resistente al dolor de los cortes, así como tampoco le informaron que el cortarse cada vez más profundo, tenía como consecuencia la rotura de ligamentos, por lo que a la actualidad tenía problemas de movilidad en los dedos y manos. Despeinó su castaño cabello con una mano, se quitó el pantalón del pijama y se metió a la ducha. Dejó que el agua recorriera su blanca piel, sintiendo las suaves caricias que le propinaba “Es bueno sentir algo” pensó Ethan al momento de jabonarse y echarse el shampoo en el pelo. Finalmente dejó que el agua se llevara el jabón y shampoo de su cuerpo, rogando por que esta se llevara la pesadilla, los problemas o por lo menos la angustia que acababa de dejar aquel pensamiento, pero no fue así, aquella angustia perduró al lavado. Cerró el agua, decepcionado de seguir con aquella angustia desgarradora, que se reflejaba en su mirada cansada, esa mirada que ya no podía ocultar. Salió de la ducha y observó su pálido torso desnudo, marcado por manchas púrpuras, verdes, rojas y otras marrones; todas hechas por las incontables veces que había sido empujado contra los casilleros o mesas o realmente cualquier cosa que lo atajara, incluyendo el suelo y una lágrima escapó de sus ojos cuando pasaba algunos de sus dedos por sobre una de esas marcas.

¡Se te está haciendo tarde, Ethan! –escuchó la familiar voz de su padre, apurándolo, así que salió del baño con un toalla puesta en la cintura y procedió a vestirse. Una de las cosas que Ethan no había dejado de lado después del “incidente”, era su amor por el buen vestir, así que se puso unos pantalones negros apretados, una camiseta turquesa que hacía resaltar sus ojos, celestes como frías aguas árticas y una bufanda un tono más oscura que la camiseta.  Bajó rápidamente las escaleras y enfrentó su segundo problema del día, la comida.
Mientras su padre arreglaba las últimas cosas antes de partir al trabajo, Ethan disimuladamente botó la leche y una de las tostadas, comió la mitad de la otra y el resto lo dejó en el plato. Salió de su casa, camino al colegio. Eran principios de Octubre, por lo tanto las calles de Londres ya estaban con hojas secas repartidas por doquier, los árboles matizados de rojos, naranjas y marrones, irónicamente le dio un sentimiento de gusto, siendo que lo peor se acercaba con cada paso que daba.

Su corazón se congeló al dar el primer paso dentro del estacionamiento, alzó la mirada y vio una aglomeración de gente en la entrada. Dentro de la aglomeración estaba Evan, un chico del equipo de Rugby, quién le gustaba mucho. Trató de cruzar miradas, pero el otro chico estaba demasiado ocupado coqueteando con toda chica que se le cruzaba. Sí, era un completo idiota, pero era el idiota que le gustaba. Trató de pasar desapercibido, de hacer caso omiso a las conversaciones vacías y mundanas que lo rodeaban, pero no era tan fácil cuando sentía todas las miradas sobre él y entre murmullos escuchaba muy a menudo la palabra maricón.

Como pudo pasó por la masa de gente hasta llegar a su casillero, en el que nuevamente como cada mañana tenía escrita esa maldita palabra que ya se le había hecho tan común. Pasó su mano por su cabello, arreglándolo antes de sacar los libros de biología, su cuaderno y un bolígrafo, pero el ruido de un casillero cerrándose a su lado lo hizo saltar de miedo, haciendo que sus libros cayeran al suelo. Se agachó a recogerlos, ruborizado y con miedo de lo que haría la otra persona. Sus dedos al posarse sobre uno de los libros chocaron con otros y al levantar la vista, vio un par de grandes ojos café claro casi dorados mirándolo.