miércoles, 7 de noviembre de 2012

Keethan, Capítulo 1


Capítulo 1
Recuerdos

La alarma del despertador sonó a las seis de la mañana en punto e Ethan se levantó de mala gana. ¡Arriba, Ethan! –gritó su padre desde el primer piso, a lo que Ethan respondió con un fuerte “ya voy”. Caminó hacia el baño de su habitación, cerró la puerta y abrió el agua de la ducha. Se quitó la polera del pijama y analizó el reflejo que el espejo le devolvía. Sus ojos se veían más azules que nunca, y el que estuvieran inyectados en sangre a causa de una noche de pesadillas hacían que el color de sus ojos resaltaran aún más. Observó su torso, las costillas estaban demasiado marcadas, pero esa grasa de bebé seguía conservándose en su abdomen. Sus brazos estaban dibujados con líneas rojas y café de distinto grosor. Maldita manía que había adquirido el año anterior, con tan sólo catorce años, al asumir su homosexualidad; cosa que su padre no sabía, ni iba a saber. Su supuesto mejor amigo de la infancia, Mark, fue el primero en saber, pero apenas supo se alejó de él, dándole un empujón y gritándole: “Aléjate de mí, maricón de mierda!”. Al finalizar el día, todo el colegio lo sabía y su poca vida social se había vuelto nula. Al día siguiente comenzaron los abusos, primero los verbales, de parte de los jugadores de Rugby y al pasar los días todo se fue volviendo peor, con empujones y zancadillas. Al mes de haber sido expuesto ocurrió el evento que gatilló todo.
Su casillero había sido forzado y todos sus cuadernos, libros y pertenencias tenían escrita la palabra “MARICÓN”. Se prometió no mostrarse débil, trató de cerrar el casillero con fingida calma, pero al encontrar la misma palabra escrita en la puerta de éste, la situación se volvió casi incontenible y lo dejó abierto, ya que la puerta fue deformada al haber sido forzada. Corrió hacia el baño con la vista nublada a causa de las lágrimas que amenazaban con salir, evitó parpadear, ya que si lo hacía, éstas rodarían libre mente por sus mejillas y se encerró en un cubículo a llorar. Perdió las clases de la mañana. Al haberse desahogado, salió del cubículo cuando escuchó que un había nadie y miró la hora, eran pocos minutos pasados las once y media, los demás estaban en clases.

El espejo le devolvió una mirada rota, sus ojos estaban hinchados y las mejillas rojas por la sal de las lágrimas. La clase de biología se le hizo eterna, por suerte era la última del día y como salió temprano se fue a su casa a la hora de almuerzo. Entre las cosas de su padre encontró una hoja de afeitar, hacía poco había visto una película en la que la protagonista se hacía cortes en sus muñecas para aliviar el dolor psicológico, cambiándolo por uno físico. Se encerró en el baño de su habitación y luego de media hora de estar meditando lo que iba a hacer, adquirió el valor y terminó deslizando la hoja por la blanca piel de su muñeca. El efecto de la laceración dio resultado, se sintió liberado, todos los problemas se iban junto con su sangre que contrastaba notablemente con la palidez de su piel.

Así fue como empezó con su autodestrucción. Pero el problema fue que nadie le dijo que al pasar el tiempo, el cuerpo se iba haciendo resistente al dolor de los cortes, así como tampoco le informaron que el cortarse cada vez más profundo, tenía como consecuencia la rotura de ligamentos, por lo que a la actualidad tenía problemas de movilidad en los dedos y manos. Despeinó su castaño cabello con una mano, se quitó el pantalón del pijama y se metió a la ducha. Dejó que el agua recorriera su blanca piel, sintiendo las suaves caricias que le propinaba “Es bueno sentir algo” pensó Ethan al momento de jabonarse y echarse el shampoo en el pelo. Finalmente dejó que el agua se llevara el jabón y shampoo de su cuerpo, rogando por que esta se llevara la pesadilla, los problemas o por lo menos la angustia que acababa de dejar aquel pensamiento, pero no fue así, aquella angustia perduró al lavado. Cerró el agua, decepcionado de seguir con aquella angustia desgarradora, que se reflejaba en su mirada cansada, esa mirada que ya no podía ocultar. Salió de la ducha y observó su pálido torso desnudo, marcado por manchas púrpuras, verdes, rojas y otras marrones; todas hechas por las incontables veces que había sido empujado contra los casilleros o mesas o realmente cualquier cosa que lo atajara, incluyendo el suelo y una lágrima escapó de sus ojos cuando pasaba algunos de sus dedos por sobre una de esas marcas.

¡Se te está haciendo tarde, Ethan! –escuchó la familiar voz de su padre, apurándolo, así que salió del baño con un toalla puesta en la cintura y procedió a vestirse. Una de las cosas que Ethan no había dejado de lado después del “incidente”, era su amor por el buen vestir, así que se puso unos pantalones negros apretados, una camiseta turquesa que hacía resaltar sus ojos, celestes como frías aguas árticas y una bufanda un tono más oscura que la camiseta.  Bajó rápidamente las escaleras y enfrentó su segundo problema del día, la comida.
Mientras su padre arreglaba las últimas cosas antes de partir al trabajo, Ethan disimuladamente botó la leche y una de las tostadas, comió la mitad de la otra y el resto lo dejó en el plato. Salió de su casa, camino al colegio. Eran principios de Octubre, por lo tanto las calles de Londres ya estaban con hojas secas repartidas por doquier, los árboles matizados de rojos, naranjas y marrones, irónicamente le dio un sentimiento de gusto, siendo que lo peor se acercaba con cada paso que daba.

Su corazón se congeló al dar el primer paso dentro del estacionamiento, alzó la mirada y vio una aglomeración de gente en la entrada. Dentro de la aglomeración estaba Evan, un chico del equipo de Rugby, quién le gustaba mucho. Trató de cruzar miradas, pero el otro chico estaba demasiado ocupado coqueteando con toda chica que se le cruzaba. Sí, era un completo idiota, pero era el idiota que le gustaba. Trató de pasar desapercibido, de hacer caso omiso a las conversaciones vacías y mundanas que lo rodeaban, pero no era tan fácil cuando sentía todas las miradas sobre él y entre murmullos escuchaba muy a menudo la palabra maricón.

Como pudo pasó por la masa de gente hasta llegar a su casillero, en el que nuevamente como cada mañana tenía escrita esa maldita palabra que ya se le había hecho tan común. Pasó su mano por su cabello, arreglándolo antes de sacar los libros de biología, su cuaderno y un bolígrafo, pero el ruido de un casillero cerrándose a su lado lo hizo saltar de miedo, haciendo que sus libros cayeran al suelo. Se agachó a recogerlos, ruborizado y con miedo de lo que haría la otra persona. Sus dedos al posarse sobre uno de los libros chocaron con otros y al levantar la vista, vio un par de grandes ojos café claro casi dorados mirándolo.