Capítulo 2
Nuevos aires, nuevas posibilidades.
Por la ventana del avión ya
se veían las luces de la ciudad, eran pasadas las una de la mañana y el viaje
no había sido largo. Su padre había sido transferido desde Irlanda a una sede
en Londres y mañana sería su primer día de clases en esta nueva ciudad. Por el
alta voz se escuchó un voz femenina solicitando a los pasajeros abrochar sus
cinturones de seguridad, cerrar las mesas y apagar todo aparato electrónico ya
que se llevaría a cabo el aterrizaje. Su padre ya había viajado hace un par de
semanas para hacer los trámites de matrícula y arreglar la saca en general. Su
madre tomó su mano y la acarició suavemente con su pulgar. “Londres no será muy
distinto a Dublín, Keene” –le dijo con una tímida sonrisa en sus labios, ya que
sabía que sí era muy distinto, sobretodo para su hijo. “No te preocupes, mamá.
No estoy nervioso” –le respondió Keene mirándola a los ojos.
Después de quince minutos ya
estaban bajando del avión y fue en este momento cuando este irlandés cayó en
cuenta que se encontraba a muchos kilómetros de su hogar y que en unas cuantas
horas iba a ser el “chico nuevo” en el colegio. Cuando llegó a su nuevo hogar,
su padre lo recibió con los brazos abiertos, eran una familia muy apegada y se
habían extrañado un montón. Subió a su
cuarto, que quedaba en el segundo piso y vio que estaba la mayoría de sus
pertenencias, sólo faltaba un par de cosas, pero nada de importancia. Se tiró
en la cama a descansar, en unas cuantas horas entraba a clases y se durmió
apenas tocó las sábanas.
Casillero
tras casillero fueron pasando, en un lugar familiar para Keene, quien sólo
corría en busca de ayuda algo había pasado y nadie acudía a ayudarlo. Corrió y
siguió corriendo. Si tan solo alguien se acercara, ya que algo importante había
ocurrido… algo que parecía borroso. Los casilleros seguían pasando a su lado y
su respiración se volvía agitada al mismo tiempo que comenzaba a sudar. ¡Por
favor, ayúdenme! –seguía pidiendo a gritos, pero nadie parecía escuchar su
súplica, hasta que unos familiares ojos azules se posaron en los suyos y una
voz que conocía muy bien, pero que no escuchaba hacía mucho tiempo le dijo “Ya
es Tarde…” en un amargo tono.
Despertó con la respiración
agitada y bañado en sudor, sus cortos rizos se pegaron a su frente, al mismo tiempo
que su lengua rogaba por un poco de agua. Abrió sus ojos, los cuales estaban
inyectados en sangre y bañados en lágrimas, las que secó rápidamente porque se
prometió no volver a llorar. Miró el reloj y de hecho sí se le hacía tarde, por
lo que se metió rápidamente a la ducha y se vistió en pocos segundos, apenas
tocó el desayuno, se despidió de sus padres y salió en su auto. Por suerte su
padre había cargado los datos en el GPS y llegó con facilidad al colegio, respiró
profundo al entrar al estacionamiento y estacionó su Jeep negro en el primer
espacio que encontró.
Tuvo que llegar más temprano
que el resto, ya que debía recoger su horario en secretaría y buscar bien las
salas de clase. Se dirigió al lugar y encontró a una mujer con rasgos dulces,
de pelo cano y ojos marrones que se veían enormes por el aumento de los lentes.
“Tú debes ser Keene Ó Conaill, el alumno de Irlanda” –dijo la anciana al ver al
chico nuevo y con una gran sonrisa le pasó los papeles con el horario, el
calendario de exámenes y otros documentos relevantes. “Muchas gracias, Señora…”
–no alcanzó a terminar la oración cuando la mujer habló– “Briggs… Georgette
Briggs, cualquier duda que tengas me puedes consultar” –agregó con una sonrisa,
que hizo a Keene sentir un tanto incómodo, pero siempre cortés y encantador le
devolvió una sonrisa. Se despidió de la Señora Briggs y se encaminó al
casillero que le habían designado.
Abrió el casillero y comenzó
a guardar sus libros, cuadernos y apuntes. Colocó unas fotos de su familia
cuando estaban en Irlanda, otra de él y un chico de cabello castaño, tez blanca
y ojos azules; y finalmente un mini calendario donde tenía anotadas algunas
fechas importantes. Respiró profundo, revisando el horario y sacó las cosas de
biología. Cerró el locker, sin mucho cuidado y un estruendo seco de libros
cayendo se sintió a su lado. Guardó los libros y cuadernos rápidamente, para
luego agacharse a recoger los libros que se le habían caído a su vecino de
casillero, pero se paralizó al encontrar unos asustados ojos azules mirándolo
fijamente. Se quedó así por unos eternos tres segundos antes de reaccionar y
recoger los dos libros que quedaban en el suelo y pasárselos en las manos al
chico de ojos azules que aún lo miraban con miedo. “No deberías ser tan torpe”
–le dijo Keene, tratando de sonar normal y con una tímida sonrisa que de a poco
se volvió algo burlona y pícara.
“Y tú deberías ser un poco
menos idiota” –contestó el chico de ojos azules, ruborizado por el enojo y la
vergüenza que sentía con el otro chico, que le había dicho torpe sin siquiera
conocerlo. Se levantó rápidamente y emprendió su camino a clases. Keene en
parte se sintió mal, pero aquello fue lo único que atinó a decir.
Se demoró un poco en llegar
al aula, ya que había caminado hacia el laboratorio sin darse cuenta que las
clases teóricas se impartían en un aula al otro lado del colegio. Al entrar se
disculpó con el profesor Smith, un esbelto hombre que no parecía tener más de
unos treinta años y buscó con la mirada un puesto, quedando sin aire cuando
notó que el único puesto disponible se encontraba al lado de un familiar chico
de ojos azules… sí era el chico que había conocido en los casilleros. “Bueno
alumnos, él es Keene Ó Conaill…” –comenzó a decir el profesor, levantándose de
su lugar y dirigiéndose al curso– “Llegó anoche de Irlanda y espero que sean
buenos con él”. Una que otra risa se escuchó en el ambiente, pero Keene no le
dio mucha importancia. “Toma asiento al lado de Ethan, por favor y rápido para
comenzar con mi clase” –terminó de decir el docente señalando del pupitre vacío
mientras se armaba un jaleo por unos cuantos chicos silbaban y aullaban, pero
que el profesor calmó rápidamente.
Keene se sentó dónde le fue
indicado, mirando al chico que se ruborizaba a su lado. En el pupitre del chico
de los ojos azules estaba la palabra “Maricón” escrita con marcador permanente
y pudo notar la tristeza en aquellos ojos de color cielo, que se volvían grises
y apagados cada segundo que pasaba. “Lo siento por lo de los casilleros”
–susurró el irlandés, con genuina intención– “No fue una buena manera de
comenzar”. Algo había en aquel chico que hacía que el chico de ojos avellana
sintiera empatía e intenciones de protegerlo. “No tienes que disculparte… sólo
déjame tranquilo” –susurró el ojiazul, con la mirada vacía, como si le hubieran
succionado el alma.
No volvieron a hablar en
toda la hora de clases, pero el irlandés no podía evitar posar sus dorados ojos
en el pálido chico de ojos azules. Se preguntaba una y otra vez el motivo de su
tristeza. La campana sonó repentinamente, dando término a la clase. Muchos
alumnos salieron rápidamente, entre ellos Keene, pero Ethan se quedó esperando
que todo se desocupara y que los abusadores se fueran. Esto ya era rutina,
todos los días terminaba saliendo por lo menos veinte minutos después de
terminado el receso, llegando tarde a sus otras clases. No tuvo más clases con
el chico extranjero ese día.
Ya eran las seis de la tarde
y el chico de los ojos azules no había vuelto a cruzarse con Keene, era extraño
para éste último sentir aquello por una persona que no fuera él mismo. Pero
bueno, se quedó recorriendo la escuela un rato, mirando su horario y buscando
las aulas en las que tendría clases al día siguiente, notando que no tendría
clases con Ethan hasta el jueves y estaban recién a lunes.
Salió al estacionamiento con
toda calma, pensando en los cursos extra programáticos que tomaría. Estaba
entre violín, piano y expresión corporal, ya que había decidido que el electivo
de deportes que tomaría sería Rugby. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que
por poco no notó en una silueta sentada en el suelo, con la cabeza oculta sobre
las rodillas y sobre un charco de agua. La figura estaba temblando y el sonido
de dientes chocando por frío era audible desde la posición del irlandés. Keene
tocó levemente el hombro de aquella silueta, la que reaccionó casi dando un
salto y clavando unos familiares ojos azules en los dorados del chico de
intercambio. “¿Estás bien?” –preguntó Keene, queriendo golpearse por aquella
pregunta tan estúpida que había hecho. Estaba claro que Ethan no estaba bien,
sus ojos estaban rojos y su ropa estilaba, aparte del frío que hacía ya en
Londres.
“¿Te parece que estoy bien?”
–preguntó Ethan, a la defensiva. Su voz sonaba rota, se notaba que había estado
llorando. Tenía frío y se sentía humillado, tendría que esconder nuevos
moretones y no sabía que le iba a decir a u padre por llegar en esas
condiciones a casa.
Keene frunció el ceño y
tendió su mano para ayudar a Ethan a levantarse. “Ven conmigo” –le dijo tomando
una de las pálidas manos del chico de ojos azules, levantándolo casi a la
fuerza, cosa a la que Ethan tomó a mal, soltándose. Pero Keene no iba a aceptar
un “no” por respuesta, así que se alejó de él, sólo para ir a buscar su
automóvil y acercarlo donde se encontraba Ethan.
“Vamos, sube” –le dijo, casi
como una orden– “Te llevaré a casa, ya es tarde y no me perdonaría que te
pasara algo”. El otro chico se levantó de mala gana y le dijo que estaba todo
mojado, que mojaría el asiento del auto, pero Keene sólo prendió la calefacción
y puso una bolsa de plástico que encontró en el asiento trasero. “Ya, ahora
puedes” –le dijo, dejándolo entrar. Ethan escurría agua aún y sus labios
comenzaban a ponerse morados por el frío de la tarde del otoño en Inglaterra.
“¿Qué te pasó, Ethan?” –le preguntó, realmente preocupado y llamándolo por
primera vez por su nombre. ¿Qué le estaba pasando a Keene? Por lo general no
era así con nadie, por lo general era frío e indiferente, por lo decir
egocéntrico y egoísta. El otro chico sólo colocó sus pálidas manos cerca de la
calefacción, ruborizado y con una nueva lágrima recorriendo su mejilla. “¿Qué
mierda pasó que estás así de empapado? Porque tus lágrimas dicen que esto no
ocurrió por casualidad” –le dijo frunciendo un poco el ceño, antes de quitarse
su chaqueta y pasándola por los hombros del otro chico, para darle más calor.
Ethan sólo se estremeció y
agradeció el gesto de Keene. Pero no soportó más y se echó a llorar. La
situación ya lo estaba sobrepasando, ya era demasiado lo que tenía que
soportar. “¿Por qué yo?” –Se
preguntaba una y otra vez, sin encontrar respuesta a su incógnita.
Keene se acercó un poco y
secó sus lágrimas con la yema de su pulgar. “No vale la pena llorar por lo que
ya pasó, pero si me quieres contar, te escucho… aunque bueno, recién me
conociste hoy” –agregó desviando la mirada, ya que no solía ser así, se sintió débil.
Ethan lo miró, ruborizado
como nunca, ya que nadie lo había tratado así, aparte de su padre… y su madre
que había muerto hace un par de años atrás por un cáncer terminal. Algo en las
palabras de Keene hizo surgir una leve sonrisa rota en los purpúreos labios del
chico de los ojos azules. Cerró los ojos dejando salir unas nuevas lágrimas y
comenzó a contarle lo que había pasado luego que se había separado de él horas
antes.
ba
Teaser:
Bueno, sobra decir que en el próximo capítulo sabremos qué ocurrió con Ethan,
dentro de otras cosas.